no tenemos planeta B

La plaga de arañas

Publicado: 2011-10-08

Cuando Le Monde informó que Bélgica sufría una plaga de arañas, yo decidí matar a todos los artrópodos que, desde hacía semanas, invadían mi jardín.

Según Internet, la araña de la cruz no representa ningún peligro para el ser humano. Además, es muy atractiva ¡Hay que verla flotar entre rosales y arbustos sujeta a su trampa de seda! Así y todo, por conciencia colectiva más que por temor, decidí eliminarlas.

Armado con una raqueta de squash, Le Monde y una escoba, di inicio a la matanza. Escogí a la que tenía más cerca (no necesariamente la más grande) y le toqué el opistosoma con el palo de la escoba. Se agitó y corrió de un extremo a otro de la tela en busca una salida imposible hasta que, finalmente, se detuvo. Crujió como una nuez cuando la aplasté, y su cuerpo quedó pegado al diario.

No hubo conmoción entre sus compañeras. Ninguna movió siquiera un pedipalpo, mientras yo despegaba el cadáver adherido al siguiente titular:  «Caen las bolsas europeas».

A punto estaba de reiniciar el exterminio, cuando pasé de reojo sobre la noticia que me había impulsado a matar.  «Plaga de arañas en Bélgica», titulaba.

Revisé detenidamente el contenido. La fotografía que acompañaba el texto no dejaba lugar a dudas: la araña de jardín europea (Araneus diadematus) o araña de la cruz, campaba a sus anchas por mi jardín. Según el artículo, la agencia belga para el control medioambiental había notado un inusual aumento demográfico de la especie, aunque la palabra plaga sólo se mencionaba en el encabezado.

La situación me pareció, de pronto, ridícula. Siempre he sido un ciudadano modelo: pago mis impuestos y confío en la autoridad, pero había algo de absurdo en el aracnicidio que estaba a punto de cometer.

A pesar de mi habitual conservadurismo, no pude menos que tomar en cuenta ciertos argumentos porque, ante todo, soy un ser racional. Es innegable, pensé, que los seres humanos podemos convivir con unas cuantas arañas. Ha sido así desde siempre y no veo por qué tendría que cambiar.

Quedé tan conmocionado por esté arranque progresista del todo inusual en mí, que decidí establecer una tregua con las arañas mientras reflexionaba al respecto.

El  otoño zanjó el dilema ya que con el frío las Araneus diadematus desaparecieron. Además, apelando a mi mentado espíritu racional, concluí que había temas mucho más importantes por los que preocuparse en estos tiempos de crisis y terrorismo internacional.


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