La trampa del miedo
La filosofía económica aplicada durante los años 90 en gran parte del planeta, ha dejado como resultado un descalabro moral profundo. El Perú es un ejemplo paradigmático de ello, pero la crisis mundial también lo es. En esencia, el neoliberalismo ortodoxo plantea que la economía es una ciencia amoral y que por lo tanto, no puede ser juzgada ni reglamentada.
En realidad, la economía es una ciencia moral y no lo digo yo, lo dicen destacados estudiosos como Amartya Sen (premio nobel de economía) o Kenneth Boulding. Esto quiere decir, a mi modo de ver, que en la medida en que una sociedad pierda o ignore sus “valores en común”, el crecimiento económico será inestable y el tan ansiado desarrollo no sucederá.
De las falacias que el sistema nos ha impuesto durante las últimas décadas, una de las más difundidas es que crecimiento económico y desarrollo son sinónimos. Por el contrario, los peruanos sabemos que un crecimiento amoral promueve la corrupción, permite la manipulación descarada de las libertades individuales y hace oídos sordos a los reclamos justos que en apariencia, se contradicen con la biblia económica. Es decir, trunca el progreso.
El crecimiento económico peruano de los últimos años no ha ido a la par de su desarrollo. Salvo en temas de conciencia democrática como los derechos humanos y la lucha contra la corrupción, por lo demás, cientos de niños siguen muriendo cada año a causa del frío y el estado no se plantea medidas que pongan base al crecimiento.
A dos semanas de las elecciones generales, los temas de fondo han desaparecido del debate. Las estrategias electorales se centran, por un lado, en asimilar golpes a todas luces orquestados y, por el otro, en ofrecer continuismo frente al temor y el desconcierto. Nada nuevo bajo el sol; el fujimorismo (por tradición) se siente cómodo ante el pánico generalizado y eso, en mi opinión, es prueba de su vocación antidemocrática y de su insuficiencia ética.
Así pues, frente a la incertidumbre, Fujimori nos ofrece una suerte de estabilidad inmoral, “utilitaria”, donde todo vale a cambio de mantener el cauce económico. No obstante, la estabilidad será una ilusión si no se sostiene sobre “valores comunes” y cualquier percepción de desarrollo tenderá, tarde o temprano, a desvanecerse.
En busca de un futuro mejor, los peruanos no hemos recorrido un camino de rosas y hoy nos vemos enfrentados a una encrucijada que, suponemos, pone en riesgo ese avance. Las únicas armas de las que disponemos como sociedad para enfrentarnos a tan grave dilema, son: la experiencia y los principios. Si no hacemos uso de ellas, volveremos a caer en la trampa del miedo y frenaremos el desarrollo que tanto ansiamos y por el que tanto hemos pagado.