defiende el enfoque de género

Sin exagerar

Publicado: 2011-03-31

Aunque nadie me lo haya preguntado, comenzaré diciendo que mi nombre no viene al caso. Lo único importante en esta crónica es la realidad y los nombres no son reales. Si bien no recuerdo lo que me motivó hace años, a concluir que los sentimientos se contradicen con lo real (y si lo recordara creo que preferiría olvidarlo), sé que algo me sucedió. En resumen, lo que yo quería era evitarme problemas.

Mi lugar de partida fue Madrid, de eso si estoy seguro, y no es de extrañar porque las calles madrileñas son una orgía de sensibilidades y euforias desbocadas. Aquello lo pensé un día cualquiera mientras observaba a un anciano que le gritaba a su perro en la plaza Jacinto Benavente. Le decía: “¡Estás gordo! ¡Me das asco!”.

Mientras pude aplicar mis ideas a la práctica, no fui feliz ni infeliz. Durante ese período no quise a nadie, no odié a nadie, no me interesó el arte ni la religión y no tuve necesidad de poseer casi nada que no me fuese indispensable. Veía a la gente como trozos de carne consciente y sobre valorada. La híper-realidad (así solía llamar a mi condición), me condujo a través de una selva de venas e intestinos y me permitió descubrir que los pulmones se hinchan al ritmo del viento y de las estaciones.

No fui capaz de mantenerme así durante mucho tiempo porque a los pocos meses me hice adicto a la heroína. Nunca antes había consumido drogas y, sin embargo, de pronto, me vi durmiendo en las calles. Dejé de pagar mis deudas y me convertí en un paria.

Entonces, la sociedad me dijo: "Si no sientes lo que nosotros sentimos, no puedes jugar".

Me pareció real y lo acepté de buena gana, pero dos semanas después sufrí un paro cardíaco y terminé conectado a una máquina en un hospital. Viéndome derrotado, la sociedad cambió de actitud.

“Estás deprimido”, me decía. “Vuelve con nosotros, aprende a ser feliz”.

“No”, contestaba yo, “no estoy deprimido, simplemente veo la realidad”.

“¿Qué tiene que ver la heroína con la realidad?”, me preguntó una tarde la psicóloga del hospital y no supe que decir. “Inevitablemente”, sentenció la doctora, “la realidad nos enfrenta a la muerte. Las emociones son un antídoto del que no es bueno abusar, pero sin el cual no nos es posible vivir”.

Volví. Pedí perdón a mis acreedores, me enamoré, leí las noticias, me compré zapatillas nuevas, soñé con vacaciones al borde de un mar cristalino y aprendí a ser feliz e infeliz sin exagerar.


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arritmia

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