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Anticrónicas

La plaga de arañas

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Cuando Le Monde informó que Bélgica sufría una plaga de arañas, yo decidí matar a todos los artrópodos que, desde hacía semanas, invadían mi jardín.

Según Internet, la araña de la cruz no representa ningún peligro para el ser humano. Además, es muy atractiva ¡Hay que verla flotar entre rosales y arbustos sujeta a su trampa de seda! Así y todo, por conciencia colectiva más que por temor, decidí eliminarlas.

Armado con una raqueta de squash, Le Monde y una escoba, di inicio a la matanza. Escogí a la que tenía más cerca (no necesariamente la más grande) y le toqué el opistosoma con el palo de la escoba. Se agitó y corrió de un extremo a otro de la tela en busca una salida imposible hasta que, finalmente, se detuvo. Crujió como una nuez cuando la aplasté, y su cuerpo quedó pegado al diario.

No hubo conmoción entre sus compañeras. Ninguna movió siquiera un pedipalpo, mientras yo despegaba el cadáver adherido al siguiente titular:  «Caen las bolsas europeas».

A punto estaba de reiniciar el exterminio, cuando pasé de reojo sobre la noticia que me había impulsado a matar.  «Plaga de arañas en Bélgica», titulaba.

Revisé detenidamente el contenido. La fotografía que acompañaba el texto no dejaba lugar a dudas: la araña de jardín europea (Araneus diadematus) o araña de la cruz, campaba a sus anchas por mi jardín. Según el artículo, la agencia belga para el control medioambiental había notado un inusual aumento demográfico de la especie, aunque la palabra plaga sólo se mencionaba en el encabezado.

La situación me pareció, de pronto, ridícula. Siempre he sido un ciudadano modelo: pago mis impuestos y confío en la autoridad, pero había algo de absurdo en el aracnicidio que estaba a punto de cometer.

A pesar de mi habitual conservadurismo, no pude menos que tomar en cuenta ciertos argumentos porque, ante todo, soy un ser racional. Es innegable, pensé, que los seres humanos podemos convivir con unas cuantas arañas. Ha sido así desde siempre y no veo por qué tendría que cambiar.

Quedé tan conmocionado por esté arranque progresista del todo inusual en mí, que decidí establecer una tregua con las arañas mientras reflexionaba al respecto.

El  otoño zanjó el dilema ya que con el frío las Araneus diadematus desaparecieron. Además, apelando a mi mentado espíritu racional, concluí que había temas mucho más importantes por los que preocuparse en estos tiempos de crisis y terrorismo internacional.

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octubre 8th, 2011 at 10:44 am

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La trampa del miedo

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La filosofía económica aplicada durante los años 90 en gran parte del planeta, ha dejado como resultado un descalabro moral profundo. El Perú es un ejemplo paradigmático de ello, pero la crisis mundial también lo es. En esencia, el neoliberalismo ortodoxo plantea que la economía es una ciencia amoral y que por lo tanto, no puede ser juzgada ni reglamentada.

En realidad, la economía es una ciencia moral y no lo digo yo, lo dicen destacados estudiosos como Amartya Sen (premio nobel de economía) o Kenneth Boulding. Esto quiere decir, a mi modo de ver, que en la medida en que una sociedad pierda o ignore sus “valores en común”, el crecimiento económico será inestable y el tan ansiado desarrollo no sucederá.

De las falacias que el sistema nos ha impuesto durante las últimas décadas, una de las más difundidas es que crecimiento económico y desarrollo son sinónimos. Por el contrario, los peruanos sabemos que un crecimiento amoral promueve la corrupción, permite la manipulación descarada de las libertades individuales y hace oídos sordos a los reclamos justos que en apariencia, se contradicen con la biblia económica. Es decir,  trunca el progreso.

El crecimiento económico peruano de los últimos años no ha ido a la par de su desarrollo. Salvo en temas de conciencia democrática como los derechos humanos y la lucha contra la corrupción, por lo demás, cientos de niños siguen muriendo cada año a causa del frío y el estado no se plantea medidas que pongan base al crecimiento.

A dos semanas de las elecciones generales, los temas de fondo han desaparecido del debate. Las estrategias electorales se centran, por un lado, en asimilar golpes a todas luces orquestados y, por el otro, en ofrecer continuismo frente al temor y el desconcierto. Nada nuevo bajo el sol; el fujimorismo  (por tradición) se siente cómodo ante el pánico generalizado y eso, en mi opinión,  es prueba de su vocación antidemocrática y de su insuficiencia ética.

Así pues, frente a la incertidumbre, Fujimori nos ofrece una suerte de estabilidad inmoral, “utilitaria”, donde todo vale a cambio de mantener el cauce económico. No obstante, la estabilidad será una ilusión si no se sostiene sobre “valores comunes” y cualquier percepción de desarrollo tenderá, tarde o temprano, a desvanecerse.

En busca de un futuro mejor, los peruanos no hemos recorrido un camino de rosas y hoy nos vemos enfrentados a una encrucijada que, suponemos, pone en riesgo ese avance. Las únicas armas de las que disponemos como sociedad para enfrentarnos a tan grave dilema, son: la experiencia y los principios. Si no hacemos uso de ellas, volveremos a caer en la trampa del miedo y frenaremos el desarrollo que tanto ansiamos y por el que tanto hemos pagado.

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mayo 21st, 2011 at 5:03 pm

Sin exagerar

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Aunque nadie me lo haya preguntado, comenzaré diciendo que mi nombre no viene al caso. Lo único importante en esta crónica es la realidad y los nombres no son reales. Si bien no recuerdo lo que me motivó hace años, a concluir que los sentimientos se contradicen con lo real (y si lo recordara creo que preferiría olvidarlo), sé que algo me sucedió. En resumen, lo que yo quería era evitarme problemas.

Mi lugar de partida fue Madrid, de eso si estoy seguro, y no es de extrañar porque las calles madrileñas son una orgía de sensibilidades y euforias desbocadas. Aquello lo pensé un día cualquiera mientras observaba a un anciano que le gritaba a su perro en la plaza Jacinto Benavente. Le decía: “¡Estás gordo! ¡Me das asco!”.

Mientras pude aplicar mis ideas a la práctica, no fui feliz ni infeliz. Durante ese período no quise a nadie, no odié a nadie, no me interesó el arte ni la religión y no tuve necesidad de poseer casi nada que no me fuese indispensable. Veía a la gente como trozos de carne consciente y sobre valorada. La híper-realidad (así solía llamar a mi condición), me condujo a través de una selva de venas e intestinos y me permitió descubrir que los pulmones se hinchan al ritmo del viento y de las estaciones.

No fui capaz de mantenerme así durante mucho tiempo porque a los pocos meses me hice adicto a la heroína. Nunca antes había consumido drogas y, sin embargo, de pronto, me vi durmiendo en las calles. Dejé de pagar mis deudas y me convertí en un paria.

Entonces, la sociedad me dijo: “Si no sientes lo que nosotros sentimos, no puedes jugar”.

Me pareció real y lo acepté de buena gana, pero dos semanas después sufrí un paro cardíaco y terminé conectado a una máquina en un hospital. Viéndome derrotado, la sociedad cambió de actitud.

“Estás deprimido”, me decía. “Vuelve con nosotros, aprende a ser feliz”.

“No”, contestaba yo, “no estoy deprimido, simplemente veo la realidad”.

“¿Qué tiene que ver la heroína con la realidad?”, me preguntó una tarde la psicóloga del hospital y no supe que decir. “Inevitablemente”, sentenció la doctora, “la realidad nos enfrenta a la muerte. Las emociones son un antídoto del que no es bueno abusar, pero sin el cual no nos es posible vivir”.

Volví. Pedí perdón a mis acreedores, me enamoré, leí las noticias, me compré zapatillas nuevas, soñé con vacaciones al borde de un mar cristalino y aprendí a ser feliz e infeliz sin exagerar.

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marzo 31st, 2011 at 9:36 am

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Trocito de caos

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Aunque desde el aire la avenida Abancay debía parecer una fila de hormigas, por dentro todo lo que se podía ver era caos. Sin embargo, el alboroto de transeúntes, vendedores ambulantes, carteristas y vehículos motorizados que se revolcaban en una perenne orgía de polución y desenfreno no era del todo anárquico, sino que mostraba algunos patrones.

Corría el verano de 1991 y cada día era una aventura porque Lima se movía a un ritmo excéntrico y persistente que me inyectaba de adrenalina. Por ejemplo: al recordar el humo negro que cubría a los comensales de un puesto ambulante, evoco una emoción similar a la que pueda experimentar un atleta en el partidor.

Mi primer trabajo serio lo tuve en esa época. No era gran cosa, pero me hacía sentir parte de la ciudad. Consistía en atender a los clientes de un laboratorio fotográfico muy bien ubicado en el cruce de Cuzco con Abancay.

Cierta mañana resplandeciente, vi que una chica me observaba fijamente desde un rincón. Era menuda, de cabellera azabache y tendría unos 18 años. Parecía tímida pero, a la vez, algo de audacia había en su mirada. Serían las 10 y como siempre, el local estaba a rebosar. Esperó pacientemente a que el gentío se disipara, se acercó sin prisa y me encargó media docena de fotos tamaño carné.

“Quiero salir blanca”, dijo.

No di importancia a su demanda porque me pareció banal y absurda. Así que tomé nota de la orden sin añadirle comentarios y respondí con un displicente. Al cabo de una hora volvió, observó las imágenes con las pupilas dilatadas y luego, grave y puntillosamente, exclamó:

“Te dije que quería salir blanca”.

“Es una foto”, contesté medio en broma, pero ella no sonrió.

Es posible que durante un par de segundos, todo se congelara a nuestro alrededor. Tengo la sensación de que hasta las moscas quedaron paralizadas en pleno vuelo mientras su mirada me golpeaba sin atenuantes. No dijo más. Hizo trizas las fotos que ya había pagado, me las lanzó a la cara y desapareció. Los trocitos de su rostro color canela quedaron regados sobre el mostrador.

Recuerdo que pensé, mientras limpiaba la cristalera, que aquello debía tener alguna relación con el caos que me rodeaba y aun hoy lo sigo pensando. La discriminación y el racismo son lastres que cargamos todos.

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marzo 10th, 2011 at 2:16 pm

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Luz del presente

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Las revoluciones árabes, el goteo de cables y de sangre, la campaña electoral peruana, la probable extradición de Julian Assange, el paraguas de Gadafi, Obama, la crisis política belga, la justicia femenina en Italia, el descaro de la corrupción española y una infinidad de cosas más, son las lucecitas informativas que alumbran el presente. Sus destellos se encienden y se apagan dando forma a la actualidad.

Según el documental Comprar, tirar, comprar, de la alemana Cosima Dannoritzer, la obsolescencia programada consiste en fabricar productos diseñados para fallar en un plazo predeterminado. El reportaje propone, entre otros, un ejemplo muy ilustrativo: Se trata de una lámpara, foco o bombilla, que en junio cumplirá 110 años de iluminación ininterrumpida. El artilugio se encuentra en la estación de bomberos de Livermore (California). Actualmente, el tiempo de vida de un foco común y corriente, se cuenta en meses.

La información también se vuelve obsoleta. Cada día los temas se atropellan entre sí, los cables urgentes preceden, durante minutos o segundos, a otros más impactantes y así, mientras desfilan los muertos, las bombas caen y las crisis desaparecen como por arte de magia, contemplamos sin pestañear, el tintineo frenético de los acontecimientos. Hoy, la historia se escribe y se comparte en tiempo real y, valga la redundancia, eso ha cambiando nuestra percepción de la realidad.

La obsolescencia programada es una de las bases del sistema que nos rige, pero este fue concebido en una época en que suponíamos, no había límite de recursos. Ahora sabemos que si seguimos como vamos, tendremos, tarde o temprano, que enfrentarnos a una catástrofe ecológica de dimensiones imprevisibles. De igual manera, cabe suponer que el consumismo informativo tendrá algún tipo de impacto en la sociedad humana. Puede ser, por ejemplo, que un presente demasiado fugaz y radiante limite nuestra capacidad de prever el futuro.

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febrero 28th, 2011 at 2:36 pm

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La moral de la DEA

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En 2010, la Drug Enforcement Administration (DEA) publicó un artículo en el que defiende la ilegalización de las drogas y arremete contra quienes abogan por una política menos represiva. El título del texto es: SPEAKING OUT. Against Drug Legalization, y “está diseñado para cortar la niebla de la desinformación actual con hechos claros”.

Los principales argumentos del artículo son: la salud, la seguridad, la economía y la moral del pueblo americano. Según el texto, las muertes relacionadas al consumo de drogas en EEUU, fueron más de 38 mil en 2006. Asimismo, se cuentan unas 23.1 millones de personas mayores de 12 años que necesitan tratamiento por el uso de drogas y alcohol de las cuales, sólo 2.3 millones lo reciben. El abuso de drogas, según el informe, costó al estado americano, 181 billones de dólares en 2002.

Se trata, ciertamente, de estadísticas estremecedoras (aunque poco detalladas), sobre las que se sustenta la postura continuista de la DEA. El texto, sin embargo, omite casi por completo, la violencia y la corrupción que la “guerra contra las drogas” ha generado en Latinoamérica desde que Nixon la bautizara en 1968.

La política antidrogas que se viene aplicando desde hace 43 años, ha producido, entre otros, los siguientes resultados: aumento alarmante del número de adictos en el mundo (200 millones según la ONU), aumento de la violencia y corrupción (22 mil muertos en México desde 2007), entre 18 y 39 mil millones de ganancias generadas por carteles mexicanos y colombianos al año y el progresivo aumento del presupuesto de la DEA que hoy sobrepasa los 2,600 millones de dólares.

La agencia de control de drogas asegura que “los criminales no dejarán de ser criminales si se legalizan las drogas” y para dar por zanjado el asunto mexicano, concluye: “La violencia en México es el reflejo de una batalla más grande sobre si México se regirá bajo el imperio de la ley, o el imperio de las armas”. No se menciona que las armas y el dinero para comprarlas vienen de Estados Unidos.

En otra parte del texto se lee: “cualquier ley justa debe estar basada en consideraciones morales (…)”.La DEA no parece ver en los miles de muertos que año tras año deja el narcotráfico a ambos lados de la frontera, consideraciones morales que justifiquen una revisión de la ley.

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febrero 16th, 2011 at 4:36 am

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¿Por qué mienten los políticos?

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La semana pasada, el candidato presidencial y ex presidente peruano Alejandro Toledo, afirmó durante una entrevista, que él nunca ha consumido drogas. Dudo que algún televidente le creyera, pero ¿qué esperábamos que dijera? ¿Alguien en su sano juicio supuso que Toledo se iba a suicidar políticamente? No, la emoción del asunto radicaba en poner a prueba la capacidad lingüística del candidato para salir indemne de un ataque personal.

¿Por qué mienten los políticos?

Los políticos mienten por vocación, sobre todo los que se disputan un cargo de primer nivel. No creo que sea posible hacerse elegir por millones de personas sin mentir. Tanto así, que le hemos concedido un eufemismo a tan controvertida cualidad; la llamamos: empatía. El político que pretenda colmar expectativas a nivel nacional, tendrá que estar dispuesto a hacer concesiones morales.

La lista de mentirosos en evidencia sería interminable: Clinton, Nixon, Mitterrand, Menem,  Bush, García, Aznar, Blair y un larguísimo etcétera. Ahora bien, en democracia, la opinión pública es exigente y tiene armas para cuestionar a quienes pretenden acceder al poder. Así, la mentira de un demócrata tendrá que ser fina y cercana a lo que conocemos como: verdad a medias. Por el contrario, en el caso de las dictaduras (recordemos a Fujimori y su yuca), las mentiras suelen ser burdas y el descaro puede adquirir niveles esquizofrénicos.

Nadie es ajeno a la mentira y quien diga lo contrario, miente. Vivimos inmersos en un mundo lleno de falsedades; basta con encender la televisión para constatarlo. Miente la prensa, mienten los sacerdotes, nos mentimos los unos a los otros, ¿por qué los políticos iban a ser distintos?

¿Nunca se puede creer en los políticos?

Yo, para ser relativamente sincero, les creo cada vez menos. Lo más común es que me generen dudas o/e indignación. Aunque, dependiendo de la fibra que toquen (libertad, justicia, educación, etc.), debo admitir que pueden convencerme. ¿Por qué? Porque los seres humanos no podemos vivir en la absoluta y constante incredulidad, necesitamos creer y, a veces, es sano hacerlo.

Un problema extra surge cuando difuminamos la línea que existe entre lo público y lo privado. No es lo mismo que un jefe de estado mienta sobre sus antojos sexuales (siempre y cuando no involucren a menores de edad), que sobre la excusa para iniciar una guerra. No es lo mismo haber consumido cocaína, que comprar congresistas tránsfugas o pagar los estudios de un familiar con dinero del estado.

Es pertinente que la sociedad conozca bien a sus representantes públicos, pero si nos da por indagar en asuntos personales siempre nos toparemos con trapos sucios y, por ende, con mentiras. No se trata de conformismo, ni de censura, sino de responsabilidad. Se trata de subir el nivel del debate y de obligar a los políticos a tomar más en serio sus responsabilidades.

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febrero 10th, 2011 at 4:19 pm

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El ejemplo de Turing

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Alan Turing, matemático brillante y héroe de guerra, fue declarado culpable de “indecencia y perversión sexual”, es decir: homosexualidad y condenado a la castración química. Las hormonas le produjeron serios trastornos físicos y psicológicos y, finalmente, en 1954, uno de los científicos más valiosos del último siglo, se suicidó. Tenía 42 años.

Hoy, casi 57 años después de la absurda muerte de Turing, en el Perú se discute la posibilidad de otorgar a los homosexuales el derecho a constituir legalmente una pareja y la iglesia pone el grito en el cielo. Cabe usar, desde mi punto de vista, el ejemplo del científico inglés para probar, contrariamente a lo que puedan opinar los monseñores, que la igualdad de los ciudadanos ante la ley, beneficia a la colectividad.

Turing trabajó durante la segunda guerra mundial descifrando códigos secretos y, según el ex primer ministro Británico Gordon Brown, “sin su destacada contribución, la historia de la Guerra Mundial podría haber sido muy diferente”. Determinantes fueron también sus aportaciones teóricas y prácticas al desarrollo de la informática y la inteligencia artificial.

Los monseñores pecan de egoísmo, cuando dicen que la unión entre dos personas del mismo sexo es antinatural y va en contra de los deseos de Dios. Pero lo más grave es que extrapolan, sin escrúpulos, sus creencias religiosas al ámbito legal. Los homosexuales son, según los prelados: ciudadanos antinaturales, y por ello sus derechos debieran ser limitados o castrados, si se me permite la expresión.

Los portavoces de la iglesia, al referirse despectivamente a ciudadanos que no han cometido ningún crimen, ni hecho ningún daño a nadie, van en contra del bien común; generan odio, resentimiento, separan familias, y producen mucha infelicidad.

En 2009 el gobierno británico se disculpó públicamente por el trato dispensado a Turing. “Me siento muy orgulloso de decir: Lo lamentamos. Te merecías algo mejor”, escribió Gordon Brown en un artículo publicado en el Daily Telegraph. Quedan pendientes, sin embargo, otras 100,000 disculpas que es el número aproximado de afectados por la castración química en el Reino Unido.

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enero 24th, 2011 at 5:43 pm

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Nieve

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La nieve cae en paralelo a la buhardilla donde estoy alojado. Es un espectáculo hermoso que me recuerda que hace setenta años, no muy lejos de aquí, caían con furia las bombas de la Luftwaffe. Un farol cuya luz amarilla se cuela sin atenuantes por la ventana inclinada, estampa sobre el muro la sombra de los copos como si se tratara de una recreación china.

Intento ver el horizonte, pero la línea que separa el cielo de la tierra, ha desaparecido y lo que distingo, es un degradé que va del blanco más destellante al plomo encapotado. Agudizo inútilmente la vista y me acuerdo del viejo que conocí ayer. Estaba en un bar de mala muerte llamado “Castillo de piedra”. Había oscurecido y el hombre se abrazaba a su cerveza como a una última esperanza.

“Esto no se veía desde la segunda guerra mundial”, sentenció refiriéndose a la copiosa nevada que cae sobre Bélgica desde hace una semana.

 “Todo tiempo pasado fue mejor”, refuté yo con una sonrisa.

El hombre se separó un poco del vaso, movió la cabeza lentamente rozándose las clavículas con la barba y dijo:

“Los mismos mentirosos nos siguen diciendo las mismas mentiras y nosotros seguimos bebiendo para olvidarlo”.

“Eso no va a cambiar”, afirmé y bebí con gesto resignado.

“Sólo cuando dejemos de creerles”.

Sin profundizar, sopesé aquella propuesta y su aplicación me pareció de una complejidad profunda y paradójica. No es la verdad lo que buscamos, me dije mientras el anciano volvía a estrechar su vaso con ternura, aunque la curiosidad nos acerque inexorablemente a ella. Es preferible no enfrentarse a la realidad.

“Los jóvenes creen menos”, dije y el viejo me dedicó una sonrisa incompleta.

Pedí otra cerveza y me quedé mirando la nieve de ayer como veo la de hoy, como hace siete décadas alguien observaría horrorizado la estación de tren de Jemelle en llamas.

Written by arritmia

enero 8th, 2011 at 9:01 am

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Es temprano para filosofar

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“¿Crees en Dios?”, me preguntó Ahmed. Hacía un frío que entumecía las extremidades y aun nos quedaba una larga jornada laboral por delante. Los automóviles, a lo lejos, se parecían a las gotas que surcaban la ventana. Bostecé mientras revisaba las hebillas de mi arnés y respondí:

“No”.

Ahmed era español y tenía el rostro ovalado como una pelota de rugby. Por movedizo, transmitía un talante nervioso y, habitualmente, costaba mucho hacerlo callar. Sin embargo, en esta ocasión fue austero y asumió un aire pétreo. Sus grandes ojos de dibujo animado japonés, se posaban rígidamente sobre mí.

“Tienes que sentir que algo te falta”.

“Dormir”, dije. “Podría dormir tres días seguidos”. Y, en un intento desesperado por sortear aquel debate sin horizonte, añadí: “Es temprano para filosofar”. Rocié el cristal con jabón, pasé la plumilla y examiné el interior. De la pared blanca que tenía en frente, colgaba un reloj. Eran (exactamente) las siete y media de la mañana.

“Nadie puede ser feliz sin creer en Dios”, afirmó.

“Puede que tengas razón”.

El andamio se balanceó impulsado por una ráfaga de viento que se ensañó con mis articulaciones y me sacudió la mandíbula como si se tratara de una bandera. Ahmed no pestañeo.

“Eres un ateo”, dijo.

Podría haber argumentado, pero preferí inclinarme sobre la baranda metálica para observar el precipicio. Quince pisos nos separaban del suelo.

Written by arritmia

noviembre 30th, 2010 at 6:47 pm

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